Helston (Inglaterra), septiembre de 1854.
Al filo de la medianoche terminó de dar forma a los ojos. Tenían una mirada felina, entre atrevida y confusa, desconcertante. Sí, aquéllos eran sus ojos, coronados por una frente fina y elegante a pocos centímetros de una cascada de cabello negro.
Se levantó, dejó los bocetos en la silla de cuero y se dio media vuelta. Y allí estaba ella, apoyada contra la cortina de terciopelo escarlata con un sencillo vestido blanco. El pelo se le había destrenzado, y su mirada era la misma que él había esbozado tantas veces.
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